El fallecimiento de la docente Martha Susana Calandra de Collado provocó profundo dolor en los distintos ámbitos de la Ciudad donde se desempeñó con calidez humana y vocación por la enseñanza. Había nacido el 28 de agosto de 1937. Junto a sus padres, Oscar Calandra y Ofelia Cuervo, se crió en el seno de una familia con ascendencia italiana que le inculcó un firme sentido de la rectitud y valores que la acompañaron durante toda su vida. Creció en el barrio situado en inmediaciones de Plaza Paso, sobre calle 13, donde supo cosechar numerosas amistades. Sus estudios primarios y secundarios los cursó en la Escuela Normal Superior “Mary O. Graham”.
Ya por entonces asomó su aptitud para la enseñanza y, una vez completada su formación, cumplió su deseo de convertirse en docente. Desempeñó esa noble profesión durante más de 15 años en Florencio Varela. Para cumplir su labor viajaba todos los días a localidad, donde generaciones de alumnos aprovecharon la riqueza de sus enseñanza. Quienes la conocieron valoraron su constante labor en beneficio del mejor aprendizaje de los alumnos que estuvieron bajo su responsabilidad. Nunca dejó de formarse. Se especializó en fonoaudiología, y, tiempo después, ingresó al servicio del Ministerio de Salud en nuestra Ciudad, donde trabajó con ahínco en la reeducación de chicos con trastornos de lenguaje. Su pasión, interés y profesionalismo le valieron respeto, estima y amistad entre sus colegas. En 1965 contrajo matrimonio con Ricardo Collado, con quien forjó un vínculo de amor y confraternidad que se prolongó por 49 años, hasta la partida de Martha. Tranquila, bondadosa y tolerante pero firme cuando la oportunidad lo requería, fue siempre una persona de buen humor, muy querida y apreciada por sus afectos. Sus allegados resaltaron su actitud solícita y su naturaleza solidaria, esa que siempre la llevó a encarar los problemas de la vida con una sonrisa. La ‘Tia Susy’ -como le decían sus sobrinos- era una persona que nunca mostraba flaquezas, que siempre estaba atenta y lista para brindar su apoyo. Aparte de su familia y su vocación docente, otras dos pasiones llenaban su vida: las asiduas cenas y salidas que compartía con sus amistades -con quienes siempre mantuvo un fuerte vínculo- y el fútbol, afición que le venía de familia. Hincha de Estudiantes, en su árbol genealógico contó con miembros del plantel del equipo local que incluso formaron parte del seleccionado argentino en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam en 1928. Con cierta frecuencia, disfrutaba de concurrir a la cancha, especialmente cuando se trataba de partidos con rivales que llegaban del extranjero. Será recordada por su pasión por la docencia, su calidez humana y los valores de rectitud que supo inculcar.
El Día -La Plata
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