(Nota publicada en el periódico “El Progreso” – junio 2016
LUDOPATÍA, LA ENFERMEDAD QUE ES FOMENTADA DESDE EL ESTADO
La ludopatía consiste en un trastorno en el que la persona se ve obligada, por una urgencia psicológicamente incontrolable, a jugar, de forma persistente y progresiva, afectando de forma negativa a la vida personal, familiar y vocacional.
La ludopatía se caracteriza fundamentalmente porque existe una dificultad para controlar los impulsos, y que en cierto sentido tiende a manifestarse en practicar, de manera compulsiva, uno o más juegos de azar.
Puede afectar en la vida diaria de la persona que se ve afectada por esta adicción, de tal forma que la familia, el sexo o incluso la alimentación pasa a ser algo totalmente secundario.
Por todo ello, no se debe de confundir la ludopatía con un vicio, ya que en estos casos nos encontramos ante una grave enfermedad crónica, una adicción.
Las ofertas que se les ofrece a los ludópatas en nuestra ciudad son de una variedad alarmante, empezando por las casas de juego donde entre la provincia y nación los atrapan con un menú de juegos imposibles de rechazar.
Pero el peligro más latente está a la vista de todos los varelenses en la misma peatonal o en la zona del Cruce done los «bingos» son una cautivante amenaza para ludópatas e incautos vecinos curiosos.
UNA FICHA, UN CARTÓN,
UNA APUESTA
Así empieza todo. Dentro de la sala de juego uno advierte rápidamente que las personas no se diferencian demasiado de las máquinas que las rodean: son autómatas que miran sin mirar, se mueven sin moverse y sólo están pendientes del próximo giro de los rodillos, del próximo número en la ruleta o de la próxima bolilla.
Ninguno observa lo que pasa a su alrededor. Ni siquiera aquel que tiene a su lado, casi quitándole el oxígeno, a un grupo de personas que pretende abalanzarse sobre su máquina cuando la abandone porque, según se corrió el rumor, es «la que más paga».
La música que emiten estas tragamonedas – o «slots», como les dicen los que saben – es irritante pero, al mismo tiempo, casi excitante. Y, en medio de este caos de ruido y adrenalina, indistinguibles del resto de los mortales, están ellos: los jugadores compulsivos.
Tres cosas son ciertas sobre la ludopatía: que es una enfermedad – la OMS la reconoció como tal en 1980 –, que es «invisible» – porque, a diferencia de otras adicciones, no deja marcas físicas a quien la padece – y que no distingue sexo, edades ni – mucho menos – clases sociales.
TRISTE ESPECTÁCULO ININTERRUMPIDO
Si nos detenemos en la peatonal Monteagudo o en la zona del Cruce podemos observar un incesante desfile en la puerta de los bingos de gente de todos los perfiles que, seducida por el bajísimo valor de las apuestas cae en la tentación de probar suerte.
En ese deambular robotizado, se puede ver entrar a obreros que salen del trabajo, jóvenes que buscan «sacarse gratis» la salida del fin de semana y hasta señoras a las que dejan pasar con la bolsa de las compras, que llenaron hace apenas segundos en la verdulería de la otra cuadra o en el peor de los casos con las bolsas vacías para jugarse el dinero de las compras diarias.-
«El que tiene menos recursos juega exactamente lo mismo que el que más tiene. El segundo pierde una casa, pero el primero pierde la comida de su familia. Hay casos de gente que se ha jugado a dar vuelta un naipe los últimos veinte pesos que tenía, que eran para comprar la leche de sus hijos. Así empiezan a jugarse el sueldo y sacar créditos», cuenta un comerciante de la peatonal Monteagudo, que a diario ve el triste espectáculo enfrente de su local .
«El jugador tiene una doble cara. Puede disimularlo más que el adicto a las drogas o al alcohol. Esto es más adictivo que la cocaína, y también te lleva a la muerte, a la locura y a la cárcel. A diario veo cuadros dramáticos y los tengo ahí mismo, frente a mis ojos, frente a mi local, a la salida del bingo «, agrega.
ME JUGUÉ MI VIDA Y
LA DE MI FAMILIA
Sin dar a conocer su personalidad, transcribimos el testimonio de un varelense arrepentido de su adicción.
Hoy tiene 45 años – 10 de ellos padeció este problema – y hace siete que no pisa una sala de juego.
«Desde muy joven me gustó jugar con mis amigos, era muy entretenido y organizábamos apuestas a los burros, o alguna mesa de póker. Hasta que conocí los bingos y no pude parar. No fui preso de milagro, porque robé, mentí y estafé demasiado.
Me llevaba plata del trabajo, engañaba a amigos, a mi familia; tuve que recurrir a prestamistas…, una locura. Todavía tengo deudas de mi carrera de juego. Llegué a perder 40 mil pesos en unas horas», relata.
Uno de los episodios con los que «tocó fondo» y decidió buscar ayuda involucró a su familia: «Me jugué el viaje de egresados de mi hija mayor y sus 23 compañeros de curso, porque los padres me habían dado la plata para que la guardara.
Pensé que era lo máximo que podía haber hecho. Lo tuve que blanquear con un padre amigo, que me bancó la plata hasta que pude devolvérsela», recuerda.
Desde la alfombra roja – que parece gritar «bienvenido» – hasta la atención constante de los empleados, el propósito es uno solo: prolongar la estadía del cliente. Claro que, en el caso de los jugadores compulsivos, esto se convierte en un incentivo peligroso.
«En las salas no hacen nada si te ven jugando mucho tiempo. Entrás y no sabes si es de día o de noche, si llueve, si hace frío o calor. No tenés un solo reloj ni vista hacia el exterior. Te atienden como un rey, con todo el confort del mundo.
Era el lugar donde yo me sentía más cómodo y seguro», señala nuestro vecino arrepentido y agrega: «Eso es una paradoja, porque después salís hecho mierda, dolorido, angustiado».
LA ILUSIÓN DE GANAR
«Es como tener cuatro amantes al mismo tiempo: hay que tener dinero, la disponibilidad de tiempo, mentir sobre dónde te encotrás. Es todo una cagada», define otro vecino de nuestra ciudad que fue habitué del bingo y ya hoy en retirada, que afirma sin dudar: «La última vez que jugué fue el 13 de noviembre de 2010, me acuerdo como si fuera ayer».
«Comencé de pendejo, apostaba a las cartas y a los dados, y después, a los 16 años, empecé a tener suerte con la Quiniela. A la salida del colegio pasaba por la agencia, retiraba lo que había ganado y volvía a jugar. No me daba cuenta del riesgo que estaba corriendo», reconoce.
Los dos casos parecen demostrar que, al ingresar de lleno al mundo del juego, el dinero no es lo único ni lo más importante que se puede perder. «El nacimiento de mi hijo menor lo festejé en el casino. Después de verlo cuando llegó al mundo, dejé a mi mujer en la clínica y me fui a comer y a jugar», cuenta hoy con arrepentimiento.
DURO RELATO DE
UN COMERCIANTE
Salvando la identidad personal de este reconocido comerciante quién fuera propietario de algunos locales varelenses, nos explica hoy como fue su derrumbe económico por el juego
«Más allá de las escasas chances que existen para recuperar o multiplicar lo apostado uno no tiene ninguna posibilidad de ganar; pero esto no lo entendés hasta que estás en la ruina y ves todo desde otro lado».
«Porque podes ganar un día, pero vas a buscar más y seguir jugando hasta quedarte sin nada. Yo he ganado el valor de un departamento en Recoleta, pero lo perdí a los 15 días y en los siguientes años me arrastró tres locales comerciales que tenía», asegura.
«Yo quedé fundido, con deudas bancarias enormes, pero, en definitiva, el dinero iba y venía. La pérdida que te provoca más derrotas es la de los afectos: perder la familia, los hijos, los amigos.
Quedás aislado y derrotado, me llevó un buen tiempo recomponer mi situación matrimonial. Había dejado un campo totalmente desértico».
«Te puedo asegurar, así como te cuento mi caso, que he visto situaciones peores de amigos y compañeros de apuestas. Es más te puedo marcar a reconocidas señoras de la sociedad varelense que han llegado a prostituirse para conseguir unos pesos para jugar y del «telo» ir al bingo»
COMO EN LAS MAQUINITAS LAS HISTORIAS
GIRAN SIN PARAR
Las historias se repiten a diario, estos testimonios recogidos de simples arrepentidos del juego no se pueden lograr con quienes aún viven atrapados por la enfermedad y de forma autómata acuden a las salas de bingo; tienen la oferta a su alcance, tienen las puertas abiertas las 24 horas.
Después de pasar tres horas frente a una máquina, una señora se percata de la hora y decide que, por hoy, es suficiente.
Antes de salir del bingo, pasa por la caja para cobrar las pocas fichas que le quedan en su pote. El empleado las cuenta: 91 pesos. Lo suficiente como para pagar el remis de vuelta a casa y quedarse con unos pesos, piensa ella.
Satisfecha recibe su dinero y abre la cartera para guardarlo: un billete de 50, dos de 20 y una moneda. Pero examina con más cuidado y se da cuenta de que no se trata de un peso, sino de una ficha, igual a las que hace algunos segundos estaba canjeando.
Mira a su alrededor. La máquina que tiene a su lado se acaba de desocupar. «Está bien. Sólo una ficha más», piensa. Y se vuelve a sentar hasta perder todo.
Periódico EL PROGRESO

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